A comienzos del siglo XIX en la Nueva Granada, los criollos adquirieron poder económico y político. Paulatinamente se desempeñaron en labores como funcionarios públicos de la Corona, lo que les permitió adquirir grandes extensiones de tierra, realizar transacciones comerciales, desempeñar altos cargos en el ejército, e incluso, formar parte de las autoridades eclesiales. Así mismo, en las regiones, muchos criollos que pertenecían a la burocracia estatal, ocupaban cargos de gobierno en los cabildos.
La relación entre criollos y españoles era buena, realizaban intercambios comerciales y alianzas matrimoniales. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, algunos episodios causaron el rompimiento de esta buena relación.
El protagonista de este episodio fue Antonio Nariño, un criollo neogranadino, comerciante y abogado muy cercano a las ideas de la Ilustración, que ocupaba un alto cargo en la ciudad y era propietario de una imprenta y de una de las más grandes bibliotecas que existieron en la época. Nariño escribía con frecuencia en la Gaceta de Santafé y participaba en tertulias, como la fundada por él llamada “El Arcano de Filantropía”.
En 1793 leyó la Declaración de los Derechos del Hombre, uno de los documentos más importantes de la Revolución francesa y el fundamento ideológico de la Constitución de la Primera República, que establecía que todas las personas tenían derecho a la libertad, la seguridad y la justicia. Estaba convencido de que a los criollos no se les había tratado con justicia, por lo que decidió traducirla del francés, imprimirla y distribuirla. Ante este hecho, las autoridades españolas consideraron que la publicación era un acto revolucionario que podía desestabilizar el poder de la monarquía en las colonias, por lo que fue detenido y llevado a prisión durante muchos años.
Antonio Nariño y las ideas de la ilustración

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